¿Quién mató a Elena Nito?
Escrit per Manuel Moral Urrutia
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La lluvia comenzaba a caer con fuerza y todo el mundo se guarecía en los paraguas puesto que no se recordaba un día como aquel. Los días pasan pero la gente va para delante sin mirar atrás aunque ese día, a mi, no se me iba a olvidar. Fue el día en que asesinaron a mi mejor amiga y mi mayor confidente ya que solíamos compartir muchas tardes de risas y llantos en la plaza de nuestro barrio. Éramos, simple y llanamente, una buena pareja. La asesinaron un diecinueve de octubre mientras volvía a casa después de una noche de fiesta y la dejaron abandonada en un camino. Se llamaba Elena Nito, una chica de dieciocho años, con toda una vida por delante. Yo tenía diecisiete años cuando sucedió eso. El relato de los hechos fue el siguiente:
Elena, unas amigas y yo volvíamos a casa después de pasarlo bien. Sus amigas y yo cogimos el mismo metro pero ella había cogido el anterior. Llegué a casa y me metí a la cama. Me quedé dormido hasta que me levanté a las diez de la mañana. Me fui a la cocina para prepararme un buen desayuno aunque mi madre estaba allí y me dijo:
- Buenos días, Raúl. La madre de Elena ha llamado.
- ¿Qué quería?
- Dice que la llames. Su hija no ha dormido en casa.
- La llamaré.
Soy un hombre de palabra así que la llamé a casa y le sugerí que llamase a su novio ya que, a lo mejor, había ido a su casa a dormir. Ella me contestó que lo había hecho pero que no se había quedado a dormir en casa de nadie. Eso me sorprendió mucho. Elena era una chica de costumbres fijas. Siempre cogía el mismo metro y planificaba cada minuto del día al detalle.
Rápidamente organizamos un grupo de búsqueda. Peinamos cada rincón cotidiano de su vida hasta que sus padres y yo ampliamos la búsqueda al pueblo donde veraneaba. Su cuerpo apareció a unos metros de una finca en una carretera provincial. Estaba muerta así que nos quedamos desolados.
La autopsia revelo que había sido violada y que le habían disparado veinte veces desde una distancia de dos metros. Las balas habían sido repartidas por todo el cuerpo. Los investigadores no tardaron en cazar al culpable por lo que fue detenido y le condenaron a cadena perpetua. El culpable era el mejor amigo de la víctima. Mis amigos y yo le conocíamos y, aunque parezca una obviedad, estábamos seguros de su inocencia pero nos tuvimos que callar. No hubo pruebas realmente esclarecedoras sobre el asesinato y se aseguró que el móvil era pasional.
Yo, personalmente, le conocía mejor que nadie porque nos disputábamos el amor de esa chica pero sé que sería incapaz de empuñar un arma y, menos aún, violarla. Ambos nos unimos para intentar conquistarla durante un tiempo pero no obtuvimos buenos resultados. Por mi cuenta le eché un vistazo al caso y no terminaba de hallar al verdadero culpable pero me estoy enrollando así que sigamos con lo que pasó diez años después.
Yo ya tenía veintinueve años y me había casado con Amelia, una morenaza de veintiséis años y ojos azules como el cielo. Volvía a casa después de un duro día de trabajo cuando decidí entrar en un bar para tomarme un café. Entré y me senté en un taburete. Miré al camarero y le dije:
- Póngame un café y apague la tele cuando pueda.
- ¡Oído cocina! – dijo mientras terminaba de atender a un cliente.
Me fije en la tele. Vi que empezaba un avance informativo. El presentador miró a la cámara y dijo:
- Sentimos interrumpir esta programación pero ha salido una noticia de última hora y creemos que deben saberla. El temible recluso, Pedro Yelmo, condenado por un jurado a cadena perpetua, ha escapado de la prisión en la que estaba recluido.
La tele se apagó y vi que el camarero la había apagado por lo que le dije:
- Encienda la tele.
- Pero usted me ha dicho...
- Ya sé lo que le he dicho – le corté mientras añadía – ahora encienda la tele, por favor.
- Como quiera.
El camarero encendió la tele y la escena me recordaba a una de las mejores películas de Clint Eastwood llamada Poder Absoluto. Los primeros quince minutos son un poco aburridos pero después la cosa se empieza a liar y le queda un final increíble aunque totalmente predecible.
En la tele explicaron como había conseguido fugarse y como, la Policía, le seguía la pista por lo que estaban vigilando los alrededores de su casa. El primer sitio donde, según la Policía, iría aunque sabía que intentaría atrapar al verdadero culpable. Seguro que le había dado tiempo de unir las piezas del rompecabezas y averiguar el nombre del verdadero culpable.
El camarero me sirvió el café pero me lo tomé con una tranquilidad pasmosa puesto que no tenía prisa. Luego pague el café y me fui a casa. Allí me esperaba mi mujer. Estaba en el salón por lo que me acerqué y le iba a dar un beso cuando dijo:
- Aún no. Tienes visita. Esta en nuestra habitación.
- ¿Quién es? – pregunté.
- Me ha pedido que no te lo diga así que eso pienso hacer.
- Bien – dije y me fui a mi habitación.
Pedro Yelmo estaba sentado en mi cama. Me miró con su cara de niño inocente y de no haber roto un plato en su vida. La barba le había crecido mucho. Sus ojos azules me miraban fijamente. Corrí donde él y nos fundimos en un abrazo mientras le decía:
- Me alegro de verte pero ¿ qué locura has hecho esta vez?. Toda la Policía anda detrás de ti. Están vigilando tu casa.
- Lo sé – dijo mientras se separaba y añadía en un tono sencillo – cuando me condenaron a cadena perpetua no me dejaron otra alternativa que fugarme pero no me he fugado para atrapar al verdadero culpable sino a que un compañero mío lo haga por mi.
- ¿A qué te refieres? – pregunté extrañado.
- Yo ya estoy marcado así que no me harán ningún caso pero es mejor que tú seas el que lo atrapé – dijo muy serio y añadió – el que la mató consiguió su sueño y lleva un tatuaje en el brazo izquierdo. Las pruebas siguen estando en el mismo lugar puesto que la clave del caso está en la finca.
- ¿Cómo lo sabes? – pregunté.
- La policía no le dio importancia pero Elena se defendió con un cuchillo y le hizo una herida en la pierna – dijo – por eso había unas manchas de sangre desde la puerta hasta el lugar donde se encontró el cadáver. El asesino no pudo vendarse por lo que dejó unas gotas.
- ¿ Por qué la policía no le dio importancia?. – pregunté.
- Cierto tiempo después las manchas de sangre se secan y pasan inadvertidas para los demás. Transcurrió mucho tiempo desde que la mataron hasta que lograron encontrar el cadáver. Tiempo suficiente para no darle importancia y además se encargó de limpiar las huellas para que la policía sospechase que había sido en ese mismo lugar.
- Haré lo que tú me dices pero ¿ por donde empiezo a investigar?.
- No te lo voy a decir.
- Venga Pedro – dije – cuando jugábamos a detectives tú eras el más bueno de la banda y era difícil dártela con queso.
- Esta bien – dijo en un tono normal y añadió – el asesino escribió la confesión en la hoja de un libro. Ese libro está en la Biblioteca Municipal del pueblo. Una vez hecho eso seguiría la pista de los dueños de la finca y no tardaría en hilar todo.
- ¿ Cómo sabes donde encontrar las pruebas y el asesino?.
- En la cárcel te enteras de muchas cosas y te aclara la mente – dijo – además tuve mucho tiempo para estudiar el caso antes de mi detención. Logré dar con la confesión unas horas antes pero no me dio tiempo a llegar al fondo del asunto.
- Bien – dije – empezaré por allí y restableceré tu honor.
- Gracias – dijo – sabía que podía contar contigo.
- De nada – dije.
Nos dimos otro abrazo y se fue. Mañana me acercaría a la Biblioteca Municipal para dar por cerrado este maldito caso.
Al día siguiente me fui a la Biblioteca del pueblo con mi mujer ya que insistió mucho en acompañarme. No me dijo nada pero yo sabía que le interesaba mucho el caso aunque tampoco me importaba su compañía. Llegamos al pueblo y aparcamos enfrente de la plaza del pueblo donde estaban la Biblioteca Municipal, el Ayuntamiento, la iglesia y un hotel de dos estrellas. Salimos del coche y entramos en la biblioteca. La bibliotecaria estaba llorando. Nos acercamos y Amelia preguntó:
- ¿Qué ha pasado?
- Ha entrado un hombre y ha estado registrando todos los libros de la biblioteca. Los ha destrozado pero, al parecer ser, no ha encontrado lo que buscaba.
- Gracias señorita – dije sabiendo que Pedro no mentía. Todo estaba claro. No era el asesino. El asesino verdadero se asustó ya que Pedro se había fugado. Tenía que borrar las pruebas para que Pedro no pudiese demostrar su inocencia. Miré a la señora y pregunté en un tono amistoso - ¿ cómo era el hombre?.
- Rubio, ojos azules, alto, delgado y un tatuaje en el brazo izquierdo.
De repente lo vi claro. Era Rubén, el novio de Elena. Amelia me miró con una sonrisa y sacó un trozo de papel. Me lo tendió mientras afirmaba con la cabeza. Lo cogí pero no lo leí. Amelia era prima de Rubén y amiga íntima de Elena. La miré y pregunté:
- ¿Por qué nunca lo has delatado?
- Porque era mi primo y no podía traicionarlo – dijo con otra sonrisa y añadió – hace un mes fui a visitar a Pedro. Le conté lo que había descubierto fisgando por ahí. Obtuvo un permiso para visitar a sus familiares pero hemos querido engañar a mi primo para que viniese a buscar la confesión y, por eso, los medios han dicho eso.
- ¿ Por qué nunca me lo has contado?
- Fue este mismo verano cuando lo descubrí – dijo mientras añadía – fui a ver a Pedro porque era el único que podía convencerte para averiguar al asesino. Yo no podía hacer nada.
- ¿Por qué mató a Elena? – pregunté – ella quería mucho a Rubén y era buena chica.
- Elena estuvo enamorada de Rubén durante un tiempo pero, en el fondo de su corazón, quería a Pedro – dijo – recuerda que yo era su diario andante. Me contaba todo y Pedro también lo sabía pero no dijo nada porque es discreto. Pedro y Elena llevaban un mes juntos cuando la mataron. Naturalmente siguió viendo a Rubén pero delimitando mucho sus citas hasta que se hicieron inexistentes.
- ¿Cómo sé que no eres cómplice de tu primo? – dije muy enfadado por la revelación - ¿ cómo pudiste dejar que una persona inocente fuera condenada a cadena perpetua?.
- Yo no sabía que era mi primo hasta que encontré esta confesión – dijo – nunca hubiese dejado que Pedro fuera a prisión porque no me lo hubiera perdonado mientras viviese y solo tú podías ayudarle pero no lo hiciste. Te quedaste mirando como hacían su trabajo y no moviste un solo pie por él. Él lo hubiese hecho por cualquiera de nosotros aunque sé que no esta enfadado contigo.
Amelia tenía razón. No hice todo lo que pude. Solo me limité a desmontar la teoría del móvil pasional. Le miré a Amelia y dije:
- Voy a hacer una visita a Rubén pero no quiero que vengas conmigo.
- ¿Por qué? – preguntó Amelia y añadió – quiero estar contigo y escuchar las razones del asesinato aunque no hay nada que pueda justificar el crimen.
- Rubén es listo y sospechará que tú has descubierto la nota – dije mientras me guardaba la nota en el bolsillo – es preferible que aparezca yo solo para que no sospeché de ti.
- Demasiado tarde, Raúl – dijo una voz y añadió – no he tardado mucho tiempo en saber que mi propia prima me ha traicionado. Date la vuelta.
Me di la vuelta y vi a Rubén. Estaba de pie con una pistola en la mano y sonreía con un aire de satisfacción mientras decía:
- Efectivamente, Raúl, yo maté a Elena. Al principio nuestra relación fue viento en popa pero empezó a distanciarse de mí. No la veía tan metida en nuestra relación y tampoco parecía importarle la posibilidad de irnos a pique. Es más, yo diría, que disfrutaba con esa posibilidad. Entonces decidí emprender acciones drásticas. La esperé en el portal hasta que llegó de salir con vosotros. Le ofrecí dar un paseo en mi coche para hablar sobre nuestra relación y la llevé a la finca de mi pueblo. Sus razones no me satisfacían así que la violé. Iba a desangrarla con el cuchillo pero Elena me arrebató el cuchillo. Me hizo diversas heridas. Me fui a mi casa pero dejé un reguero de sangre. Allí me vendé y cogí una pistola. Volví a la finca y la maté. Trasladé el cuerpo a la puerta de la finca. Más tarde preparé el escenario para que Pedro fuera inculpado. Gracias a mi prima sé que Pedro y Elena estaban liados. Limpiar la finca fue chupado ya que nadie de mi familia entraba desde hacía mucho tiempo. Es una lastima que vayáis a morir pero no pienso ir a la cárcel.
- ¡Alto! ¡Policía! – dijo una voz – Tire el arma. No tiene escapatoria.
De la puerta surgió un guardia civil apuntando con su pistola a Rubén. Al poco varios guardias civiles aparecieron y rodearon a Rubén. Esté nos miró y levantó las manos. La pistola cayó al suelo mientras decía:
- Está bien. Me rindo.
De repente Pedro apareció y dijo:
- Te crees más listo que los demás pero no lo eres en absoluto. La Policía sabía que el asesinato se tuvo que cometer dentro de la finca porque Elena, sin que tú lo supieras, dejó caer una de sus pulseras en la entrada pero no pudieron demostrar nada por lo que hicieron un montaje para que el verdadero asesino se relajase y cometiese algún error. No lo cometiste así que me dieron un permiso mientras extendían el rumor de mi fuga. Sabían que ibas a venir a buscar la confesión para que no pudiese demostrar mi inocencia.
- Rubén Gómez quedas detenido en nombre de la ley. Cualquier cosa que digas; podrá ser utilizada en tu contra ante un tribunal – dijo un guardia civil mientras le ponía las esposas. Continuó – tienes derecho a un abogado. Si no puedes pagarlo se te asignara uno de oficio.
Los guardias civiles se llevaron a Rubén, el cual, fue condenado a cadena perpetua mientras Pedro conseguía el indulto de las autoridades. Empezó una nueva vida con su nombre y su honor limpios de cualquier acusación. La pregunta ¿Quién mató a Elena Nito? tuvo una feliz respuesta. Así sucedieron las cosas y así se las he contado.
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